martes, 26 de octubre de 2010

Sesiones del 20 y 22 de octubre

Estas dos sesiones las dedicamos a la primera parte de La teoría de la clase ociosa de Thorstein Veblen (1857-1929), economista estadunidense hijo de inmigrantes noruegos que es, en palabras de John Kenneth Galbraith, lo más cercano que hay en los Estados Unidos a una leyenda académica por su fama, impacto y escándalos amorosos.

El punto a discutir fue el papel del ocio en el ciclo productivo, esto es, el sentido de la clase improductiva en la configuración cultural. El lugar común es que el ocio es lo opuesto al trabajo: ya en ello hemos abundado con la diatriba de Paul Lafargue. Sin embargo, Veblen invita a considerar por qué existe el ocio y cómo afecta la constitución de las sociedades. Un análisis ingenuo simplemente denunciaría la presencia parasitaria de una clase contra la cual, es claro, habría que dirigir todos los esfuerzos revolucionarios. En cambio, las especulaciones de Veblen lo llevan a preguntarse cómo impacta en lo material tanto como en lo mental esa clase ociosa.


El paso de un estado salvaje a uno depredador significó el surgimiento de una clase que pudo vivir del trabajo de los otros, porque es entonces cuando se estableció la división del trabajo: mientras un grupo (mujeres, esclavos) realizaba trabajos manuales necesarios para la subsistencia, otro grupo salvaguardaba la integridad de la tribu. De esa manera, unas labores fueron dignas y otras degradantes, dado que unas implicaban el dominio sobre objetos inanimados (pasivos) y otras el dominio sobre cosas animadas (animales salvajes, otras tribus). Las labores dignas eran hazañas que suponían honor para el vencedor. La prueba material de las hazañas dio pie a la creación de la propiedad privada, ya que la comparación de trofeos era la comparación entre honores. El respeto de los demás y el respeto a sí mismo es, desde entonces, proporcional a la riqueza que se ostenta. El ocio, pues, no es equivalente a la inactividad. No trabajar (en asuntos manuales) es señal de una valía primigenia. El consumo superfluo (sc. el lujo) será, por ende, la mostración de una superioridad.

Alfred Pennyworth (Batman begins)
Analizamos a continuación diversas instancias derivadas de esa consideración elevada del ocio. El aprecio de los buenos modales tiene su origen en el tiempo que requiere su cultivo. El status de un individuo depende de que sepa comportarse en público, para lo cual debió invertir enormes cantidades de energía, lo cual supone que no realizaba mientras tanto alguna labor productiva. La presencia de un servicio doméstico es, también, indicativo de la buena posición de una familia. No se trata de que los patrones no tengan cosas que hacer, sino que sus actividades son ociosas: no se dedicarían a la limpieza o cuidado de la casa porque deben ir al club, pasear, apostar en el hipódromo. Un buen criado sabe su lugar y, como tal, realza la reputación de su señor: el uniformes y la educación del mayordomo refuerzan la admiración hacia el potentado que lo tiene bajo su mando. Del mismo modo puede interpretarse el apogeo de los complejos vacacionales todo incluido: la clase inferior aspira a comportarse decorosamente como la superior y ahorra (o se endeuda) para que unos pocos días viva esa "inactividad" propia de la clase ociosa.

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