El punto a discutir fue el papel del ocio en el ciclo productivo, esto es, el sentido de la clase improductiva en la configuración cultural. El lugar común es que el ocio es lo opuesto al trabajo: ya en ello hemos abundado con la diatriba de Paul Lafargue. Sin embargo, Veblen invita a considerar por qué existe el ocio y cómo afecta la constitución de las sociedades. Un análisis ingenuo simplemente denunciaría la presencia parasitaria de una clase contra la cual, es claro, habría que dirigir todos los esfuerzos revolucionarios. En cambio, las especulaciones de Veblen lo llevan a preguntarse cómo impacta en lo material tanto como en lo mental esa clase ociosa.
El paso de un estado salvaje a uno depredador significó el surgimiento de una clase que pudo vivir del trabajo de los otros, porque es entonces cuando se estableció la división del trabajo: mientras un grupo (mujeres, esclavos) realizaba trabajos manuales necesarios para la subsistencia, otro grupo salvaguardaba la integridad de la tribu. De esa manera, unas labores fueron dignas y otras degradantes, dado que unas implicaban el dominio sobre objetos inanimados (pasivos) y otras el dominio sobre cosas animadas (animales salvajes, otras tribus). Las labores dignas eran hazañas que suponían honor para el vencedor. La prueba material de las hazañas dio pie a la creación de la propiedad privada, ya que la comparación de trofeos era la comparación entre honores. El respeto de los demás y el respeto a sí mismo es, desde entonces, proporcional a la riqueza que se ostenta. El ocio, pues, no es equivalente a la inactividad. No trabajar (en asuntos manuales) es señal de una valía primigenia. El consumo superfluo (sc. el lujo) será, por ende, la mostración de una superioridad.
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| Alfred Pennyworth (Batman begins) |

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